¿Torrezno chico o torrezno grande? deberías tenerles miedo... Los Jumbarraches de La Iglesuela.



Recuerdo estar en la calle cada veinte de enero e ir a buscar a los famosos jumbarraches, que los veías y sentías por todos lados sin estar cerca. Un miedo que sentías muy bien cuando oías los cencerros, ahora sí, aproximándose lentamente donde yo estaba. Esa era la señal de buscar refugio, ya fuera tu casa, la del vecino o un bar y esconderse de sus fechorías. Todo el mundo nos cerraba la puerta de su casa y no nos dejaba entrar, incluso pidiéndolo de rodillas. Nada, nunca nos dejaban entrar, más bien nos entretenían y nos sujetaban para que nos atraparan. Así me han atrapado muchas veces y me han metido la cabeza en el Charco de las Ocas -¡¡Uff, qué asco, el charco de las ocas!!, al menos no me han metido en el contenedor de la basura, pensaba yo-. Pero más tarde lo lograban. Era imposible escapar de ellos y, si lo hacías, no te librabas de que te pincharan con la horca mientras huías. Una vez que lograban atraparte te hacían una pregunta ¿torrezno chico o torrezno grande? Daba igual, pues dijeras lo que dijeras siempre te iban a hacer una de las suyas. ¡Imagínate que una persona cubierta de pieles de pies a la cabeza, con cencerros y horcas te empiezan a perseguir sin que les hubieras hecho nada! ¡Qué locura!. ¡Que miedo cuando oías llorar al niño de al lado cuando le atrapaban! Que alivio cuando finalmente le soltaban y le consolaban. Al menos así eran los de mi generación... Tengo que decir que, según nos han contado nuestros padres, estos eran mucho más buenos que los que a ellos les tocaron. Ya os he contado mi experiencia, así que ahora toca hablar un poco de su tradición. Antes se celebraba cada veinte de enero y eran los quintos quienes se ocupaban de vestirse y aterrorizar a los niños. Durante mucho tiempo la tradición se mantuvo viva, pero se perdió por la falta de interés de las nuevas generaciones. Una asociación intentó revivirla y lo consiguió durante un par de años, justo en infancia, pero volvió a desaparecer de nuevo. Este año yo soy quinto y quiero intentar revivirla, para que todos los niños puedan sentir la emoción que yo he tenido el privilegio de vivir y que tengan un grato recuerdo, pues sólo se pasa mal un ratito un día al año. Y después dejan muy buenos recuerdos de infancia y de las tradiciones del pueblo, como yo mismo he tenido. ¡Quién sabe, puede que les guste y se consiga recuperar la tradición por segunda vez!

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